Del milagro del paraíso, al precipicio.

Los besos no se piden. Los besos se dan. Se ofrecen con la mirada y se dan con el alma. Del alma brotan, a veces suaves, dulces, deseosos, curiosos de saber qué van a encontrar… a veces desesperados. Salen siempre en la búsqueda de tocar esa otra alma que habita ese otro cuerpo.

Un beso es un pedazo de alma que se suicidan.
Son sólo locos desesperados.

Los besos escapan a sabiendas que morirán en el intento de fundirse con otro beso, a menos que…. Sí, lo he visto, en la locura de esa dimensión desconocida, siempre hay la posibilidad de un milagro.

Muchos, muchos besos deben morir antes de que dos almas se encuentren y se hagan una, y entonces, cuando eso sucede, los besos que salen del alma ya no mueren, sólo navegan, van y vienen, paseando de un alma a la otra, como quien cruza un puente para mirar el paisaje desde el otro lado. Entonces viven más allá de un cuerpo, se estiran, se ensanchan, van jugando y saltando y haciendo nacer más besos. Es una fiesta, un gozo, un paraíso.

Pero a veces sucede, quién sabe cómo, que tristemente el puente se rompe. A veces de a poco, casi imperceptible para los besos que, alelados o distraídos, no se percatan de este hecho. Otras veces, el puente se rompe estrepitosamente, derrumbado como por un torbellino, un huracán, un terremoto que vino vaya uno a saber de donde. Y es que los besos son traviesos, distraídos como niños, fácil se confunden y al perderse en el camino de otra boca, a veces ya no encuentran el camino para regresar a su paraíso anterior. Es entonces cuando las almas se asustan, nace el miedo, la confusión y el asombro. Los besos comienzan a salir despavoridos, se lanzan incrédulos buscando dónde afianzarse, pero en ese loco intento, sólo encuentran el precipicio de otra boca que ya no les pertenece.
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